Tue. Sep 22nd, 2020

La vida del cordobés José Rojano sería hoy otra de no ser por su afición a correr maratones. La primera vez que participó en uno, con 19 años, la organización le llegó a pedir el carnet para certificar su mayoría de edad. Es ingeniero de Telecomunicaciones, tiene 48 años y corre desde que tiene uso de razón. Madrid, Valencia, Sevilla, Lisboa, París o Boston, la ciudad en la que en 2012 —un año antes del ataque terrorista que acabó con tres muertos y 282 heridos— un amigo, piloto de combate de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, le ofreció un chicle antes de empezar. “¿Qué es esto?”, preguntó. El militar le respondió que se trataba de goma de mascar de cafeína, el equivalente a unos tres cafés, y que era habitual echárselo a la boca para activarse en las misiones especiales. “Me sorprendió saber que un ejército de élite como el americano repartiese chicles entre sus soldados”, recuerda Rojano. “Eso sí, le gané la carrera”, presume entre risas, “porque el chicle era bueno, pero no hacía milagros”.

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