Cuando el virus acaba con el empleo de toda la familia

El otoño pasado trajo a Adelaida Román una gran recompensa por su esfuerzo: un trabajo como camarera de piso en el hotel Holiday Inn, a un paso del aeropuerto de Málaga. Era un contrato de un mes, pero su buen hacer y la excelente temporada turística que vivía la Costa del Sol le valió para prolongar su contrato. Cobraba 750 euros por algo más de media jornada, un salario modesto que para ella era oro puro. La estabilidad por fin llegaba a la vida de esta joven de 34 años, permitiéndole, por una vez, mirar hacia adelante con ilusión. “Además, el horario me facilitaba llevar a mis tres hijos al colegio”, explica la mujer. Su situación se cortó de raíz con la llegada de la crisis sanitaria. El turismo se esfumó y, con él, como ocurrió a otros muchos miles de personas, su trabajo. “Para nosotros era muy importante: mi marido está enfermo y no puede trabajar, así que era el único ingreso que teníamos”, destaca. No pudo entrar en el ERTE porque no había cotizado lo suficiente. Ahora mira al futuro con incertidumbre y preocupación, especialmente por sus pequeños de 4, 8 y 12 años.

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