El verano más extraño de Europa

Es el fin de un continente: un finis terrae. O su kilómetro cero, si se da la espalda al mar. La marea baja, el graznido de las gaviotas, una lluvia persistente que por momentos convierte la ciudad en una pecera aislada del tiempo y del espacio. Los bañistas intrépidos, severamente vigilados por los socorristas con su uniforme rojo.

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